Un gobierno decente: La Feria

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Sr. López

En el campo de doma en que fue adiestrado este menda (otros niños le decían ‘casa’), uno sabía a qué atenerse. Por ejemplo: -¿Puedo salir a jugar? –y la jefa de administración y disciplina (otros niños le decían ‘mamá’), respondía: -De poder, puedes… tú sabrás –y de tarugo salía. Sí, en aquellos lejanos tiempos, los niños no teníamos derechos, sino obligaciones, los papás también… y cumplían.
No sé usted, pero su texto servidor, en cuanto oye a un político hablar de derechos, se pone en guardia. Hablar de derechos vende bien, promete mucho, compromete a poco, a casi nada.
Ya recela uno desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano del 26 de agosto de 1789, de la Revolución Francesa, que no incluía a las mujeres (no se le olvide), ni la esclavitud que abolieron en sus colonias hasta 1848; y más se amosca uno con su precioso lema: “libertad, igualdad y fraternidad”, que fue predicado al ritmo de la fraternal decapitación de miles, nobles, eclesiásticos y camaradas que les cayeron mal. (Por cierto, a los revolucionarios franceses se les pasó mencionar que el lema lo escribió en 1699 un obispo católico, François de Fénelon, en su libro ‘Las aventuras de Telémaco’, criticando el modito de gobernar de Luis XIV, el Rey Sol).
No hay espacio para ni mencionar antecedentes de esa Declaración y constituciones de varios países que la incorporaron. Saltemos hasta la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, que no fue tan universal (la votaron a favor solo 48 países y no la aprobaron la Unión Soviética, los países de Europa del Este, Arabia Saudita ni Sudáfrica, y los representantes de Honduras y Yemen fueron al baño a la hora de votar, lástima); y encima, no se logró formalizarla como un tratado internacional vinculante, obligatorio entre los países firmantes y quedó en “declaración”, algo así como los consejos de la abuela. Padre.
Como sea, esa Declaración no Universal de las Naciones no Unidas, dice cosas de rechupete y afirma en su artículo 2: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”. ¡Lindo!
Pero los que padecen del vicio solitario de la lectura, al llegar al artículo 29.2, sienten como que todo es una tomadura de pelo, dice:
“En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”. ¡Tengan sus derechos!
“(…) toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley (…)”, significa que todo el contenido de la Declaración queda a la voluntad de los gobernantes de cada país que podrán imponer su sacra voluntad a sus gobernados, emitiendo las leyes que les vengan en gana, para satisfacer “las justas exigencias de la moral” (y cada gobierno definirá qué es moral y qué es justo); y del “bienestar general en una sociedad democrática”, lo que es una majadería porque impone la supremacía de la democracia (sin definirla), y deja fuera a las sociedades monárquicas, unipartidistas, confesionales, teocráticas, socialistas (China, ese paisito), y otras, para ni mencionar que la organización menos democrática del planeta, es precisamente las Naciones Unidas, en la que basta el veto de un miembro del Consejo de Seguridad, para invalidar lo que hayan votado todos los demás países del mundo. Pero qué bien se oye, qué bonito es predicar derechos.
Viene a cuento por la actual campaña política que padecemos. La candidata presidencial del Presidente, ha dicho mucho que va a construir el segundo piso de la cuarta transformación; la última vez, el lunes pasado en el IPN:
“A este piso de la Transformación, de pensar en el que menos tiene, de gobernar con el pueblo y para el pueblo le vamos a construir este segundo piso que tiene que ver con ampliar los derechos del pueblo de México (…) Ese segundo piso tiene que estar sustentado, principalmente, en la educación como derecho, porque el derecho a la educación abre otros derechos”.
Ampliar los derechos. ¿Lo dice en serio? Los derechos, los reales, no se pueden ampliar, son lo que son, imperecederos, inmutables e idénticos para toda persona.
Y su insistencia en hablar de que va a hacer de la educación un derecho, es de pena ajena: si revisara la Constitución, que este menda apuesta un brazo a que jamás la ha leído, se toparía con que el derecho a la educación ya está reconocido en el artículo tercero: “Toda persona tiene derecho a la educación (…)”, y sabría que el Estado la “impartirá y garantizará la educación inicial, preescolar, primaria, secundaria, media superior y superior (…)”; esta última, la superior, “(…) para las personas que cumplan con los requisitos dispuestos por las instituciones públicas” (fracción X); no es para burros, eso es tirar dinero y burros se quedan.
Cuidado con doña Sheinbaum. Su oferta de campaña es vacía. Repite los dogmas de su líder de ella y promete seguir el mismo camino, asumiendo encima de todo, que ella puede otorgarnos más derechos, como si fuera nuestra dueña y como si eso resolviera algo. Si nuestra Constitución como está, se cumpliera, México sería el paraíso.
Aceptando que es una tontera, propone este junta palabras, que se borre la palabra “derechos” de toda nuestra legislación y que se vuelva a redactar todo con la palabra “obligaciones del Estado” (entendiendo Estado como sinónimo de gobierno). A los mexicanos de poco nos valen tantos y tantos derechos que no se actualizan, que no se hacen realidad, empezando por el derecho a la vida, a la seguridad, sin que en toda nuestra abundante y robusta legislación, haya ninguna sanción a los gobernantes por no cumplir sus deberes.
Tenemos derechos, muchos derechos, menos el derecho a un gobierno decente.

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