VituperioLa Feria

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Sr. López

-¡Pruébamelo! –retó el viejo exgobernador de un estado de cuyo nombre no quiere acordarse este menda; y el que le había gritado “¡bandido!”, en pleno recinto de la Cámara de Diputados, de bote pronto respondió: -Te estoy acusando de ladrón, no de tarugo –aunque usó un término que rima con azulejo. Feo.

Se confunde quien aplica a la política los principios jurídicos de la presunción de inocencia y la obligación del que acusa de aportar pruebas. No, en política lo que vale es la imagen que se tiene ante la sociedad, la fama pública. Mal futuro aguarda al político que siendo honesto y justo, tiene prestigio de ladrón o abusivo. Y por el contrario, sonríe la fortuna al político que tiene buena reputación aunque sea un bandido redomado.

Nuestra historia tiene episodios esperpénticos y penosamente ridículos. Deje usted de lado que Moctezuma creyendo que Cortés era Quetzalcóatl, quiso sobornarlo para que se fuera por donde había venido; o sea, el señor del penacho LGBT quiso darle mordida ¡a Dios! Repasemos mejor un capítulo con ambas características, esperpéntico y ridículo: la batalla de Churubusco del 20 de agosto de 1847, en que se enfrentaron las tropas invasoras de los Estados Unidos, comandadas por el general David E. Twiggs, contra el ejército mexicano, atrincherado en el Convento de Santa María de Churubusco, a las órdenes del general Pedro María Anaya.

La batalla se libró para intentar contener la caída de la capital del país. Se comportaron con heroísmo las tropas mexicanas junto con batallones de irlandeses desertores del ejército yanqui y voluntarios españoles a los que nunca se menciona en nuestros textos de historia. Como sea, el general Anaya sabiendo que tenía muy limitadas las municiones, solicitó con mucha premura al general Antonio López de Santa Anna, le enviara más parque y lo esperpéntico es que como Santa Anna le tenía celos a Anaya y lo veía como un adversario político… le mandó parque, sí, pero de calibres diferentes a los solicitados, para desprestigiarlo con la derrota. Y efectivamente, se rindieron las tropas mexicanas.

Y ahí viene lo ridículo: cuando el general Twiggs pidió al ya derrotado general Anaya que entregara sus pertrechos, este, bizarro, sabiendo que su respuesta quedaría en los libros de texto, sacando pecho contestó: “Si hubiera parque, usted no estaría aquí”, respuesta hilarante porque tener municiones suficientes es un poquito importante si va uno a agarrarse a tiros contra otro ejército. Luego que don Twiggs supo que sí tenía municiones Anaya, pero de calibres equivocados, debe haber reído toda la noche. Arde.

Sin embargo, sorpréndase: en nuestra historia son escasos los presidentes que dejaron fama de ladrones. En todo el siglo XIX solo se tachó de bandido a Manuel González, presidente de 1880 a 1884, muy meritorio militar y habilísimo político al que Porfirio Díaz le quiso hacer fama de corrupto para que no tuviera tentación de reelegirse y no contento con eso, ya en La Silla don Porfirio, en 1885 le inició un juicio por corrupto, del que resultó inocente ¡con don Porfirio de presidente!; luego Manuel González fue gobernador de Guanajuato tres veces y fue muy querido; murió y reposa en la Rotonda de las Personas Ilustres, se hizo justicia.

Luego, en nuestro peculiar siglo XX, sí tuvimos presidentes que dejaron fama de rateros, pero ni tantos como la conseja dice (ni el grandísimo traidor, Victoriano Huerta, tuvo fama de meter mano al erario), ni tan pocos como sería de desear.

Sin contar al actual Presidente, si su texto servidor hizo bien la cuenta, hemos tenido en total 64 Presidentes de la república (incluido Pedro Lascuráin que lo fue 45 minutos, el 19 de febrero de 1913 de las 17:15 a las 18:00 horas, pa’que se lo sepa). De esos 64, quedaron con fama de corruptos Venustiano Carranza (por eso antes, se usaba el término “carrancear” como sinónimo de robar); Miguel Alemán, López Portillo, Salinas de Gortari y Peña Nieto (aunque Echeverría y Fox hayan sido tentoncitos, no gozan de mala fama pública). Son cinco presidentes en el apartado de desechos sólidos de nuestra historia. No andamos tan mal. Ahora estamos con nuestro presidente número 65, Andrés Manuel López Obrador. Su caso es especial por varios conceptos. Es el primero en estos dos siglos y pico de ser México, que predica su propia honestidad, mañana, tarde, moda y noche. Es como una obsesión suya.

Él sabrá por qué. Es el primero al que antes de ser Presidente, le pescaron colaboradores muy cercanos en actos de la más cínica y franca corrupción.

Es el primero que no tuvo ningún trabajo 13 años antes de llegar a la presidencia (del 29 de junio de 2005, cuando dejó la Jefatura de Gobierno del entonces D.F., al 1 de diciembre de 2018, que asumió la grande).Y ahora, es el primero en nuestra historia al que le sacan un libro-testimonio, ‘El rey del cash’, detallando el sistema de corrupción en efectivo, con que supuestamente financiaba sus gastos personales y campañas políticas. No hay pruebas. A ver, le repito: no hay pruebas… ¿y qué?Sí, ¿y qué?, igual por alguna extraña razón, siendo de acrisolada honestidad, a prueba de toda tentación, ya nada borra de su historia tanta calumnia… si es calumnia.

Ayer sin embargo, en su madrugadora, respondió a la pregunta de si tenía algo que decir sobre el libro ese:“No tiene caso estar respondiendo si no hay ninguna prueba”…¡Ouch!, ese es un acto fallido, se le salió.

Es una frase incriminatoria que da pie a pensar que al no encontrar en libro prueba ninguna, decidió que lo mejor es no responder a las acusaciones que contiene. Y agregó: “Tengo un escudo protector que es mi ángel de la guarda que es el pueblo y mi autoridad moral”.

Señor Presidente, por cómo está su asunto, vaya despidiendo a su ángel de la guarda por inútil. Mejor piense que si esto le está pasando en plenitud de su poder, imagine qué va a suceder después, cuando esté en su finca, allá lejos.

Y lo de su autoridad moral déjelo, la alabanza en boca propia sí es vituperio.

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