Sin derecho: La Feria

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Sr. López

La prima Lala (Eulalia) solía tener varios novios a la vez. Salió inquieta. Ya de casada todo indicaba que se portaba bien. Era simpática y escogió al incauto que la llevó al altar porque bailaba muy bonito. Rigurosamente cierto.
Hace tiempo, un político de muy larga trayectoria, comentó a este menda que no estaba muy seguro de las bondades de reducir la abstención electoral, “más ignorantes decidiendo, no aseguran mejores decisiones”. ¡Áchis!
De entrada parece que el abstencionismo es una birria, pero también es cierto que nada garantiza que entre más electores voten, se decidirá lo más conveniente.
Por otro lado, entre los abstencionistas hay unos, los más, que no votan por pereza; otros por indiferencia, no les importan los asuntos públicos; y también los que no se toman la molestia porque están de acuerdo con las cosas como estén y si cambian, también, no son conformistas ni indiferentes: están de acuerdo con lo que los demás decidan. Como sea, sí debe estar claro que el que no vota no tiene derecho a quejarse de nada.
Así, hay que asumir otras verdades. Entre quienes votan, la mayoría es ignorante, no de profundas teorías de filosofía política, sino de lo más elemental. Si para poder votar el ciudadano, ya en la casilla, tuviera primero que responder cuántos y cuáles poderes integran el gobierno nacional y los estatales; cuántos y cuáles niveles de gobierno hay en el país o cuántos diputados federales y senadores conforman el Congreso federal, le aseguro que la inmensa mayoría de los tenochcas con credencial de elector se quedarían con las ganas de emitir su voto porque, generalizando, la gente no sabe nada (haga la prueba de preguntarle a su compadre cuántos estados y cuántas entidades hay en México… se va a sorprender). Otra cosa cierta es que hay quienes votan por el partido de su preferencia a ciegas, sea quien sea el candidato y los que lo hacen a lo puro zonzo, porque les simpatiza un candidato o les parece guapo, sin la menor idea sobre su oferta política y sus antecedentes.
Esos que sí votan, la inmensa mayoría sin ninguna información o con información parcial o equivocada, deciden al menos por seis años, el destino del país. Alguien dijo que lo malo de la democracia es que cualquiera puede votar… pues sí. Y hay por ahí un filósofo y catedrático de la Universidad de Georgetown, Jason Brennan, autor de un libro titulado ‘Against Democracy’ (Contra la democracia), que plantea a nivel de teoría la implantación de la epistocracia, no el gobierno de los sabios del que hablaron Platón o John Stuart Mill, sino adaptado a nuestros tiempos, haciendo que no valga igual el voto de todos y negando el derecho a votar a algunos, porque si todo mundo acepta que los niños no pueden votar, por qué sí puede un ciudadano que tiene dentro del cráneo un molcajete. Pero son tantos los problemas que eso causaría y trampas a que se presta, que la verdad, mejor le seguimos como hasta ahora, por defectuoso que sea nuestro modo de decidir, sin poder negar la gran verdad de lo que dicen que decía Winston Churchill: el mejor argumento contra la democracia es platicar cinco minutos con un votante.
Así las cosas, pudiera parecer un acto irresponsable promover el voto, activar al tenochca sedente para que vaya a emitir su voto, prescindiendo por una hora de la dicha inicua de rascarse el ombligo viendo televisión. Pero no. Hay que insistir en que vote todo mundo aunque eso ya es mucho pedir. Hay buenos argumentos prácticos contra el abstencionismo:
El abstencionismo que se sepa y hasta la fecha, no ha conseguido cambios ni ha cambiado gobiernos. En las elecciones parlamentarias de Venezuela de 2020, votó el 30.18% de los electores: el abrumadoramente mayoritario casi 70% de abstencionistas, no le impide a Nicolás Maduro seguir disfrutando las mieles de la presidencia-dictadura que encabeza.
Otro ejemplo de los estupendos resultados que da la abstención: allá en España en 1980, se hizo un referéndum en Galicia para que la gente decidiera si serían una autonomía con su parlamento de juguete y su propio gobierno de amiguitos. Según sondeos los gallegos que querían eso eran muy pocos, el 25%; al referéndum acudió a votar el 28% de los electores; el 75% de los que fueron a votar, votó por el sí, que sí querían su autonomía siendo solo el escuálido 21% del electorado, el 72% que no le dio la gana ir a votar, regaló ese triunfo a esa minoría.
Un último ejemplo. En la Gran Bretaña están que se jalan los pelos por haberse salido de la Unión Europea (el afamado Brexit), por los serios problemas económicos, políticos y sociales que les acarreó abandonar a Europa y no pocos políticos están pensando seriamente en buscar el modo de regresar. Tenga presente que se incorporaron a la Comunidad Económica Europea mediante un referéndum en 1975, en el que el 67.2% estuvo de acuerdo. Luego se pusieron tontos y se les ocurrió repetir el referéndum para preguntarle a los británicos si de veras querían seguir unidos a Europa…y se separaron a resultas del nuevo referéndum que hicieron en 2016, al que acudió a las urnas un alto porcentaje de británicos (el 72%), y el resultado fue que el 51.9% votó por separarse de Europa (contra el 48.1% que dijeron que no).
Bueno, pero ante un resultado tan ajustado (apenas el 3.8% e diferencia entre el ‘sí’ y el ‘no’), algo cuenta el 18% que no fue a emitir su sufragio. Y luego, los que no fueron a votar, muy alarmados por la babosada que habían cometido, juntaron el 25% de firmas del electorado (más que los abstencionistas), pidiendo al Parlamento que se repitiera el referéndum; pero no, ese papelazo no lo iban a hacer. No son bromas.
Así, en 2024 hay que salir a votar si no queremos que otra vez se nos imponga una minoría. No se le olvide que Morena se hizo con la presidencia de la república con 30 millones 100 mil votos, o sea: NO votaron por este Presidente 69 millones 200 mil tenochcas, más del doble, gracias a casi 33 millones de ciudadanos que hoy se quejan sin derecho.

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