Salir perdiendo: La Feria

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Sr. López

Inolvidable fue la fiesta de 15 años de la prima Otilia (tenía la cara como el nombre, de las de Toluca). Hubo misa con ella luciendo un vestido decorado como pastel de Sanborn’s y luego en el salón de fiestas, vals, el ‘Danubio’, con chambelanes con smoking de mesero y padrinos de honor pasados de copas, pero lo mejor fue el discurso de tío Daniel, su papá que tenía fama metiendo la pata. Aparte de las frases cursis acostumbradas, se le salió que Otilia tenía 17 cumplidos y otras cosas que hicieron a algunos sonreír con discreción, hasta que hubo carcajadas cuando soltó: -Hijita, debes saber que para mí que soy tu padre, hoy dejas ser niña, aunque sepa lo de tu primo Luis -que fue cuando tía Elena, su esposa, le quitó el micrófono, le dio una bofetada que sonó como azotar la mesa con un bistec y bramó: -¡Todos a bailar! -inolvidable.
Sin meternos en honduras, sin necesidad de desempolvar a Clausewitz, sin repasar las estremecedoras enseñanzas de von Moltke, ni buscar dónde rayos quedó el tratado ‘Las nuevas guerras’ del profesor Münkler (‘Die neuen Kriege’, Herfried Münkler Rowohlt, Reinbek bei Hamburg 2002, ISBN 3-7632-5366-1, por si le interesa); sin revisar las estrategias de Pancho Villa, ni Mao, que le copió la guerra de guerrillas; sin cansar la sesera, se le ruega tome nota:
En las guerras en que potencias bélicas agreden países militarmente débiles, los débiles ganan si no pierden y los fuertes pierden si no ganan (no es cita, pero lo dijo Raymond Aron, no saluda su texto servidor con sombrero ajeno).
No es trabalenguas, los países con menor potencial bélico recurren a la guerrilla mientras sus agresores, dueños de toda la maquinaria de guerra, intentan grandes batallas, en la estrategia de la guerra relámpago o al menos, muy dinámica, pero a pesar de ocupar rápidamente ciudades y controlar la infraestructura del invadido, pronto descubren que no tienen defensa ante una botella de cerveza rellena de gasolina en llamas, ni manera de asegurar que nadie mate con un cuchillo de cocina a uno de sus oficiales. Los cañones y bombas son inútiles ante pueblos militarmente invadidos pero no derrotados, que hacen la guerrilla sin los lauros y glorias de las grandes victorias, pero sin la deshonra de dejarse vencer, nunca (caso de estudio: Vietnam, que no derrotó Francia en ocho años ni los EUA en 20).
El concepto de guerra dinámica de prontos resultados no obedece sino a que es carísimo mantener un conflicto de larga duración.
La peor pesadilla de Putin es que Ucrania no acepte la derrota y firme pronto un armisticio con sus condiciones no negociables. No lo verán los ojos de Vladimir.
Ucrania sabe guerrear, no son un sosiego país tropical que lo más cerca que ha estado de un conflicto es por un pleito de cantina. Los ucranos (ucranianos si prefiere), son duros, nadie les va a enseñar a sufrir, mucho, y aguantar todo (igual que los rusos, claro). Su gobierno ha pedido armas a los EUA que se las va a proveer junto con veinte de los 27 países de la Unión Europea.
El gobierno de Ucrania sabe lo que se le viene encima y por primeras providencias repartió armas entre sus ciudadanos y otorgó indulto a todos los presos con experiencia militar que se sumen a la defensa del país, al que van a defender hasta que se imponga sobre sus ejércitos el inmenso aparato bélico ruso y ahí empezarán la guerra de guerrillas, esa desgastante y desmoralizadora guerra sin frentes de batalla para el ejército que se asume vencedor, sin vencidos, esa guerrilla en la que son inútiles los cañones… y las bombas atómicas, claro.
En estos asuntos de las guerras todo es cambiante, pero según el Pentágono de los EUA, para que Rusia se haga con el control de Ucrania necesitará entre cuatro y seis semanas; casi toda esta semana para rodear la capital Kiev y un mes para tomar el control efectivo de la ciudad, y le informó a su Congreso, que esta guerra “durará entre 10 y 20 años y los rusos al final, van a perder”. Lo trágico son los ríos de llanto que veremos correr.
Esto acapara la atención de todos los jefes de Estado del planeta por lo escandalosa que es una cínica invasión a un país que no retó ni agredió a nadie y por sus implicaciones en las finanzas globales, pero mientras eso, acá en nuestra risueña patria, nuestro Presidente aclaró que México no se une a las sanciones económicas contra Rusia porque quiere mantener buenas relaciones con todos. Ya le respondió el viernes desde Washington, el responsable para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Juan González, quien dijo:
“Los conceptos de neutralidad están bien y son buenos. Hasta que un país invade a otro país. Y en ese punto, tienes que elegir un lado (…) la articulación de la neutralidad (en torno a la invasión rusa en Ucrania) es una racionalización para no querer adoptar una postura de principios”. Seco.
Bueno, señor presidente, tiene que elegir un lado, no está tan difícil saber cuál le conviene a México, aunque tal vez no a su gobierno, porque el mismo Mister González, dijo que “la Administración del Presidente Joe Biden frecuentemente está en desacuerdo con las respuestas que el mandatario Andrés Manuel López Obrador ha tomado para enfrentar diversos retos que enfrenta México, como la desigualdad y la corrupción”… Y la corrupción, ¡zaz!
La Secretaría de Economía había informado que ya tenía listo el acuerdo para prohibir la exportación de México a Rusia de productos tecnológicos y software, pero el viernes salió el Canciller (la corcholata Ebrard), a quedar bien con su jefe (ya sabe quién), a decir que sigue nuestro comercio con Rusia; todo sea por mantener la esperanza de ser el sucesor designado.
Si alguna vez se iba a topar nuestro actual gobierno con algo en lo que el discurso no permite evadir la realidad, es esto. No son bromas una guerra de agresión. Predicar fraternidad en vez de principios, es burla. Desconocen el valor inmenso del silencio. En este asunto México no tiene por qué salir perdiendo.

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