Paradigma bancario: Galimatías

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Ernesto Gómez Pananá

En esta columna se han abordado en múltiples ocasiones los diversos desafíos políticos y electorales que permean a nuestro país en los tiempos actuales: elecciones locales o intermedias, designación de candidatos, estrategias de la oposición, etcétera. En otro carril transitan los desafíos propios del ejercicio de gobierno, desde la gestión de la vacuna Patria o la creación de nuevos libros de texto, hasta la construcción de la refinería de Dos Bocas o el Tren Maya. Estas dos ultimas, por mucho, las obras insignia de este gobierno, y también, debe decirse, de sus detractores. Hoy, en esta última columna de invierno tuxtleco -la siguiente saldrá ya en primavera-, abordo un proyecto menos estridente y polémico, pero por mucho, tremendamente más complejo y generoso. Me refiero al Banco del Bienestar. Argumento.

Acotación para mis amables cinco lector@s. Podemos simpatizar o no con la 4T; esta columna, no obstante su sarcasmo, se presume analítica / nunca inalalítica- y mucho menos propagandística. Desde ahí expongo:
La existencia de los bancos en el mundo se remonta a los babilonios el el siglo XVIII antes de nuestra era; más de treinta siglos después, ya en el Renacimiento, surgen en Italia empresas de crédito que fueron llamadas de esa forma, bancos, dado que los judíos -sus primeros propietarios- solían instalarse así, en un banco -una mesa- con un mantel verde en el que ofrecían dinero a rédito en las empedradas calles florentinas.
En México, durante la Colonia, los proyectos que requerían capital eran financiados principalmente por la iglesia o por familias acaudaladas que cobraban una utilidad a posteriori, levantada la cosecha o extraídos los minerales. Ya en la época independiente el crédito existía únicamente a través de particulares dedicados al agiotismo.
En 1884 se registra el surgimiento de un primer banco mexicano, el Banco Nacional de México y ochenta años después, en 1946, surge la primer banca de desarrollo, Oatrimonio del Ahorro Nacional, una instancia gubernamental que buscaba promover el ahorro entre mexicanos no habitualmente cercanos a esta clase de servicios. Su alcance en sus siete décadas de existencia fue discreto, por no decir que más bien exiguo.
De 1946 a principios de este siglo, surgió una docena de bancos mexicanos, el país atravesó varias crisis económicas, devaluaciones del peso, hiperinflación, nacionalizaciones y reprivatizaciones bancarias. Literalmente un galimatías. Hoy, tenemos servicios de varios bancos privados de capital global, existe un par de bancos mexicanos privados, Banorte y Azteca y una banca pública de desarrollo, el Banco del Bienestar.
Históricamente la banca ha sido una instancia de servicios financieros dirigida a incrementar el capital de quienes ya tienen capital. Una instancia de lucro. La banca de desarrollo se plantea objetivos distintos y sustantívamente más complejos. Explico.
Banco Azteca, la empresa con mayor número de sucursales y cajeros en todo el país reporta contar con poco más de 1800 sucursales. Azteca presta dinero y cobra intereses y se instala en donde hay clientes. Así de simple.
Por su parte, el presidente López Obrador ha expresado su determinación de que en cada una de sus casi 2509 cabeceras municipales de nuestro país exista una sucursal y un cajero automático de esta instancia gubernamental. Esto, como he señalado desde el inicio de mi columna de hoy, representa un reto de alta envergadura, se trata no solo de construir inmuebles de alta seguridad. Se trata de dotarlas 24/7 de energía eléctrica, conexión a internet, vigilancia in situ y monitoreo policial.
Se trata también de articular gigantescos procesos logísticos para lograr la dotación permanente de efectivo hasta la Montaña Alta de Guerrero, la Sierra de Oaxaca o la orilla de la Selva Lacandona en Yajalón; eso sin dejar de lado a Chalchihuitán, Oxchúc o San Juan Chamula, garantizando que en momentos de efervescencia social, las sucursales radicadas en esos sitios no sean objeto de saqueo o incendio, ni el traslado del efectivo padezca bloqueos o peor aún, asaltacaminos recurrentes. Más fácil construir un tren a Mérida. Sin duda.
Por otro lado, resuelto el tema de tres mil sucursales funcionando en todo el país, lo que sigue es bancarizar a un sector de la población con nula o escasa cercanía con los bancos. Se trata de lograr que confíen en el servicio del banco, que sepan cómo realizar un retiro de efectivo en ventanilla o en cajero automático, que el adulto mayor, el becario normalista o la madre de familia remonten la brecha cultural que obliga a que el proceso de entrega de apoyos de programas sociales deba realizarse de forma presencial-pago en mano. Lo dicho. Más fácil construir una refinería. Si esto se logra, el paradigma bancario tradicional habrá dado un giro de 180 grados.

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