Echando cuetes: La Feria

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Sr. López

Le voy a contar una historia real, créala. A tía Martina (de las de Autlán), le decían tía Macha o señora Macha (si no eran de la familia). Este menda la conoció siendo ella muy ancianita sin que se supiera su edad, pero si se casó en 1900, calcule usted. Bueno, pues resulta que tía Macha era viuda y era viuda porque mató a su marido y lo mató en duelo y el alcalde ni una ceja alzó porque se batieron a pistola, con padrinos y testigos, en el corral, atrás de su casa. Le dije, créalo. Ha de haber sido de veras muy mal marido, porque (siga creyendo), mandó enterrar el fiambre en un cerro perdido, sin cruz, ni nada y luego se metió a la brava a la parroquia y quemó su acta de matrimonio (tenía el nombre del difunto), también las actas de bautizo de sus siete hijos (misma razón), y por lo mismo, las escrituras del rancho del fiambre, que regaló a la peonada. Nada quería de él, ni oír su nombre. La tía Macha no sabía que aplicó la ‘damnatio memoriae’.
La ‘damnatio memoriae’, condenación de la memoria (o maldición del recuerdo, al gusto), era una práctica del Imperio Romano. Consistía en erradicar el nombre de quienes habían cometido delitos muy gordos, como la traición y el mal gobernar. Le advierto para no inducirlo a error, que los romanos no llamaban así esta práctica, pero la aplicaban.
Y era en serio, se borraban todos los registros en que aparecía su nombre, todas las inscripciones en placas conmemorativas, su rostro en esculturas y pinturas murales. A veces se reescribía la historia, eliminándolos. Normalmente era por decisión del Senado, mediante el ‘hostis iudicatio’, el juicio al enemigo, o por mandato del emperador de turno.
Le tocó ‘damnatio memoriae’ a Nerón, Calígula, Heliogábalo y otros, incluidos los usurpadores del poder. Y no se andaban con bromas, en algunos casos el solo decir el nombre de alguien penado así, le costaba la vida al memorioso.
Los romanos no fueron nunca tontos y bien sabían que era imposible erradicar el nombre de ningún infame, la idea era manchar públicamente su nombre y su historia, denigrarlo y encima, para los creyentes en su mitología, eso impedía su entrada al Eliseo, el Cielo de ellos, condenándolos al Tártaro, su infierno. Cosas de ellos, uno qué.
No inventaron esto los romanos. Se hacía antes en el imperio Hitita, Egipto y Grecia y después en la iglesia católica (el papa Esteban VI se la aplicó a su antecesor, Formoso, en el siglo IX, por ahí del 895 d.C.).
No muchos pero no pocos países de Europa aplicaban la ‘damnatio memoriae’ y la cosa llegó hasta Stalin que la practicó muy numerosas veces contra sus enemigos políticos. Se borraba su imagen de todas las fotografías y su nombre de registros, archivos, periódicos y libros. Y eso fue hasta 1953. No tan lejos.
En Venecia eran más finos… y vengativos. En el siglo XIV un tal Marino Faliero, que era el Dux, el Magistrado Supremo elegido por los nobles, intentó un golpe de Estado, lo atraparon, lo juzgaron, lo decapitaron y no borraron su nombre sino que a su retrato en la Sala Mayor del Consejo, lo cubrieron con un trapo y le pusieron un letrero en latín que reza: “Este es el sitio de Marino Faliero, decapitado por sus crímenes”… y ahí sigue el retrato con su letrero, a la fecha.
Como sea, en estos tiempos es del todo impracticable hacer algo parecido a eso de borrar la memoria de nadie. Las redes, el internet en general, lo hacen imposible. Los textos se replican por millones y jamás se borran de esa especie de archivos electrónicos de infinito tamaño que controlan los dueños de los sistemas y los satélites. Hay quienes después de un juicio nada fácil, han conseguido que alguna red ‘baje’ las menciones infamantes o denigratorias contra ellos, pero igual, en los archivos de usuarios, empresas o instituciones, permanecen… y se reenvían. Ya nada se pierde, ni bueno ni malo.
Y esto es como lo que le hicieron los venecianos al tal Faliero: manchar a perpetuidad. Por eso no se entiende el afán tonto de ahogar en propaganda un país a favor de un Jefe de Estado o de Gobierno. Es de veras no entender nada. La información en estos tiempos corre instantáneamente, lo falso se discrimina sin mucha dificultad y la verdad es verificable con toda facilidad.
El Presidente de la república (de México, no se distraiga), en vez de escribir libros, debería atender señalamientos y acusaciones muy serias de algunos de sus otrora cercanos, que abjuraron de él y de su gobierno, declarando públicamente cosas no embarazosas sino de la mayor gravedad, de inmensa trascendencia; Porfirio Muñoz Ledo, que no era frívolo ni tarugo; Carlos Urzúa, otro de inteligencia superior y decente a carta cabal. Con esos dos, bastaría para perder el sueño.
Algunos columnistas de esos de postín, dicen e insisten en que el gobierno federal (el nuestro, no se distraiga), ha echado a andar un operativo de “cero observaciones”, de la Auditoría Superior de la Federación. Vano afán. Esfuerzo inútil. Todo deja rastro y todo es revisable sin límite de tiempo, porque si una auditoría apunta a actos indebidos del pasado, se echa atrás el calendario y se revisa también, hasta que se agote el tema.
La fiscalización superior en México resiste hasta a un auditor superior pusilánime como David Colmenares Páramo, por decirlo suavecito. Y don Colmenares no come lumbre y sabe que a este gobierno le quedan siete meses y diez días, no va a poner la cabeza en el tajo por nadie de los que ya se van. Por cierto, ayer informó la ASF que de auditorías al Tren Maya, se desprenden irregularidades por 785 millones de pesos (y algunas son imposibles de justificar, como falta del proyecto ejecutivo y la debida acreditación de que se respetó el aspecto ambiental).
Lo bueno ya dejando tan enojosos asuntos, es que ayer el Presidente al hablar de su sucesora, dijo una verdad como un templo, que será “una mujer con convicciones, principios y honesta (…) el porvenir viene acompañado de la justicia y tiene rostro de mujer”. Doña Xóchitl ha de estar echando cuetes.

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