Mucho ruido y pocas nueces: La Feria

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SR. LÓPEZ

Una vez, una sola vez se tragó completo el anzuelo este su texto servidor. La directora general de Administración y Normatividad del Centro de Adiestramiento en que fue amaestrado este López, doña Yolita (otros les decían ‘mamá’ y ‘casa’), convocó a los de tropa (otras les decían ‘hijos’, ¡qué cosas!), y mostrando la parte quemada de uno de sus vestidos formales favoritos, sin saber la fecha de tal tropelía y asumiendo la imposibilidad de identificar al presunto responsable, muy convincentemente dijo: -“Nada más quiero saber quién lo quemó y qué estaba haciendo… no me voy a enojar ni nada, pero el que fue, ahorita me dice –y ahí va este tarugo a soltar la sopa y a contar que hacía unos meses jugando a las escondidillas, se metió a su armario… y se iluminó con unos cerillos… y bueno, lo demás no requirió detalles. El Jefe de Proveeduría y Disciplina (‘papá’ les llamaban otros a los suyos), a la hora de la cena, preguntó dónde estaba este menda y la dulce dama, explicó con voz tonante: -¡Ni me hables de ese!, está castigado, encerrado en su cuarto y sin televisióntres meses… -y tres meses fueron. Está bien, con esa tuvo para saber a qué atenerse.

“No he de callar por más que con el dedo,/ ya tocando la boca o a la frente,/ silencio avises o amenaces miedo./ ¿No ha de haber un espíritu valiente?/  ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/ ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”… así comienza (creo), el poema que escribió, hace apenas 389 años, Francisco de Quevedo, del que ni quien se acuerde (y ni se llamaba así, sino Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, por lo que deberíamos decirle, Pancho Gómez… en fin, no importa).

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?, o sea, ¿es obligatorio no ser veraces?, pues sin alardear de tener el espíritu valiente, este tecleador, por suma de años y resta de ambiciones, se arroga el derecho a la imprudencia de sugerir a nuestro Presidente que avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa el sexenio, tan callando; cuán presto se va el poder; cómo, después de usado, da dolor; y de ello resulta parecer que cualquier tiempo pasado fue mejor (con perdón de don Jorge Manrique, 1440-1479… tampoco fue ‘best seller’).

Lleva nuestro Presidente 10 meses y 14 días en Palacio (literalmente). Le quedan, cinco años y poquito más hospedado en casa de Juárez (le toca mudanza el 1 de octubre de 2024).

Ya caerá en cuenta que de esos cinco años y pico, en realidad le quedan tres años y medio, descontando seis meses de pura grilla, gritos y sombrerazos, para resolver las elecciones de 2021; y quitando completo el 2024, que de enero a julio, se irá en politiquerías, neutralizar intensas presiones yanquis, atajar brutales presiones del gran capital, aplacar partidos, ordenar a Morena, campaña presidencial, elecciones federales y luego, de julio a septiembre, cuando ya haya Presidente electo, él sentirá físicamente cómo se le va el poder por entre los dedos (el del teclado ayudó a un Presidente de los muy poderosos del pricámbrico clásico, a hacerse un ‘sandwich’, en las cocinas de Los Pinos, porque ya ni le cocinaban, estaba a punto de ser el cambio de poderes… penoso). Por eso les entra fiebre de declaraciones e inauguraciones hacia el final de su periodo: quieren sentir que siguen siendo ‘el-mero-mero’, cuando ya solo son el que ya merito se va. Él es prueba viva de esto: evaporó a su antecesor desde mucho antes de asumir el cargo.

Con buena fe, de veras, avive el seso, despierte, se nos va ya casi todo el primer año y todo han sido fuegos de artificio, machacando (porfiando), en cosas que al peladaje estándar, nosotros los tenochcas simplex, la verdad, la verdad, nos importan un reverendo y serenado cacahuate: el aeropuerto en Santa Lucía, la comunicación de mar a mar por el Istmo, su tren Maya y la refinería en Dos Bocas, nos vienen guangas y ya sabemos que hasta que se vaya la presente administración federal algo sabremos sobre si fueron convenientes, si se realizaron bien, si son útiles, si fueron un inmenso desperdicio de tiempo, dinero y esfuerzo… ¡ah! y la fecha de reinicio del aeropuerto en Texcoco, eso, seguro.

No es desdén, es que las cuitas del ciudadano de a pie, son otras: quisiéramos seguridad, dinero en la bolsa (no mucho, tampoco, nomás que salga el gasto), medicinas en los sanatorios, maestros en las escuelas… y si se puede, aprovechando, menos baches. Si doña Chayito Robles, Lozoya, Medina Mora, Collado (y los que Santiago Nieto guste sumar), son demonios de los que había de ser exorcizada la patria, qué bueno, pero no es bastante (la gesta anti huachicol, tampoco nos tiene brincando de gusto, eh, tampoco).

Nuestro Presidente afirmó que no iba a perder tiempo precisamente en eso, en persecuciones. Él fue quien declaró el 20 de noviembre de 2018 en el parque Alameda Ánfora, colonia Ampliación Penitenciaria, alcaldía Venustiano Carranza de la CdMx: “Sí, es un perdón, es un perdón, así. Eso es lo que se está planteando, decirle al pueblo de México: punto final (…) no creo que sea bueno para el país el que nos empantanemos en estar persiguiendo a presuntos corruptos”. Y él, ahí mismo aclaró que solo seguirían su curso “(…) todos los procesos por corrupción ya iniciados (…)”.

Pues, no, señor Presidente, alguien no le está haciendo caso… o sí y entonces la cosa es seria. Malo era el perdón general, peor es no cumplir el compromiso, mucho más serio si no lo obedecen sus subordinados y pésimo si sí lo están obedeciendo y nos tomó el pelo. Escoja Usted (él).

¿Qué cree, señor Presidente?… los que no tenemos papel sanitario usado dentro del cráneo, no queremos que le vaya mal, sí queremos que su gobierno sea un hitazo (un ‘home run’, para que me entienda)… a todos nos perjudica si no le va bien… y ni con conferencias de prensa diarias se encubre el estiaje de resultados de casi todo este año. Y hasta ahorita lo que vemos son los muy tradicionales ajustes y apretones políticos… mucho ruido y pocas nueces.

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