Galimatías/ Ernesto Gómez Pananá
No debe ser fácil ser canadiense, los mexicanos lo entendemos muy bien en tanto también compartimos una enorme frontera con la -todavía- nación más poderosa del planeta: nuestras economías y nuestra vida como nación, operan en profunda codependencia de lo que sucede con los Estados Unidos. Si en Washington tienen un resfriado, a Canadá y a México nos da pulmonía (Carstens dixit).
En esa medida, el segundo período presidencial de Donald Trump nos resulta agotador y psicótico, además de incierto. Centenares de páginas y horas de discusión se han producido para intentar analizar en dónde se encuentran y a dónde se dirigen la humanidad y el planeta.
Derivado, irónicamente, del estilo Trump, el narcisismo imperial que le lleva a autopercibirse como pacificador planetario y su profundo desdén por la ONU y cualquier organismo diplomático internacional de esa índole, la semana reciente, fue justo en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza donde, y ese es el núcleo de la columna de hoy, por fin alguien plantó cara, puso los puntos sobre la íes y se atrevió a nombrar al elefante en medio de la sala, ese que se comporta peor que un chivo suelto en cristalería. Sería tan cómico verlo si no fuera porque nuestro país y el planeta entero se encuentran en una coyuntura tan profundamente crítica como la que detonó la Segunda Guerra Mundial.
Pero el hecho es que en el foro suizo, el primer ministro canadiense Mark Carney expresó con agudeza que el mundo no se encuentra ante una transición ordenada, sino más bien frente a una fractura deliberada, y que la ficción de un sistema global regido por normas claras ya no funciona. Peor aún, un mundo en el que cumplir las reglas ya no garantiza protección, un mundo en el que unos pocos gozan de total impunidad. Los poderosos, que ya lo eran desde antaño, hoy lo son más porque los límites existentes están rotos y se ha iniciado el tiempo de la impunidad. Un tiempo carente de límites y restricciones, en el que si no estás sentado en la mesa, es porque eres parte del menú.

Mientras en los pasillos alpinos se hablaba de inteligencia artificial, transición verde y futuros resilientes, Canadá puso sobre la mesa una pregunta incómodamente antigua: de qué sirve planear el mañana si el presente se gobierna otra vez por la fuerza, el chantaje y la amenaza abierta. De qué sirve invocar reglas cuando quien las escribió decide ignorarlas sin consecuencia alguna.
Tal vez dentro de treinta o cuarenta años, en alguna clase de ciencias sociales, alguien cite aquel discurso en Davos, como el momento en que algunos decidieron no callar antes del derrumbe, así como hoy se recuerdan los discursos ignorados, las advertencias elegantes, las alarmas que nadie quiso escuchar respecto de otros momentos de la historia. Oímos pero no oímos. Absortos y ensimismados, no entendemos que no entendemos lo que nos depara y hacemos poco para impedirlo.
Oximoronas 1
Estados Unidos abandona la Organización Mundial de la Salud en nombre de la soberanía nacional. Trump no cree en las vacunas, no cree en el COVID ni en el multilateralismo. Repugnante tamaño de ignorancia.
Oximoronas 2
Ante el caos, Canadá tiene una propuesta, tal vez romántica pero estimulante: las potencias intermedias como Canadá no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores: el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.
Oximoronas 3
Unos de los “daños colaterales” de esta nueva realidad global es la ratificación del T-MEC, sucesor del TLC.
No deja de ser irónico que el invento económico salinista haya terminado, efectivamente, siendo uno de los pilares económicos nacionales y su cancelación nos cause terror.