Galimatías/Ernesto Gómez Pananá
En el Galimatías anterior, compartí algunas reflexiones sobre el contexto internacional actual, la extracción de Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores, la creciente -y pareciera inminente- acción militar de EEUU en México o las repercusiones extracontinentales de la megalomanía trumpiana en Ucrania, Palestina, Taiwán. Mucho se ha escrito también de Groenlandia y el creciente hostigamiento al que se ha visto sometida en los meses recientes. Aquí algunas reflexiones para documentar nuestro pesimismo.
I.
El asedio de Donald Trump a Groenlandia no es una ocurrencia ni un capricho excéntrico. Es más bien geopolítica cruda, sin maquillaje diplomático color naranja. Es geopolítica imperial extractiva cínica.
Groenlandia no es solamente un territorio “bonito” en el Polo Norte. Es un portaaviones natural congelado de 2.1 millones de kilómetros cuadrados. Es la isla más grande del mundo y su ubicación estratégica constituye no solo la vía directa entre América del Norte y Europa sino -no es casualidad- también la ruta más corta para vuelos y lanzamiento de misiles entre Estados Unidos y Rusia.

Al terminar la Guerra Fría, Estados Unidos entendió que quien controla Groenlandia vigila el hemisferio norte. Por eso existe la base de Pituffik: radar de alerta temprana y control estratégico. Puede que los modos de Trump sean detestables, pero pareciera que a pesar de su ignorancia colosal, algo entiende de geopolítica y valida sin querer, el calentamiento global, algo que ha negado reiteradamente.
La tierra es cada vez menos fría. Lo padecemos por igual en Delhi, en Milán, o en El Cairo, en Arriaga, en El Porvenir o en Chalchihuitán. También en el Ártico, en donde el deshielo constituye una catástrofe ambiental que reconfigura el escenario político territorial al abrirse nuevas -y más cortas- rutas marítimas más entre Asia, Europa y América. Este deshielo trae consigo también la identificación de reservas explotables de minerales raros (recuerden amables 21 lectores, la Tabla Periódica de Mendeleiév, ruso por cierto), uranio, hierro, petróleo y gas.
La disponibilidad de estos nuevos yacimientos reduce la dependencia con China. Groenlandia era un cofre que por siglos se mantuvo cerrado y el deshielo está forzando la cerradura. Trump no cree en el cambio climático, pero si cree en las oportunidades de riqueza que deja su negación.
Pero el interés de Trump no es solo por definir quién se apropia y controla toda esa riqueza sino también quién NO, y de lo que se trata es de cerrarle el paso a China, que se define a sí misma como potencia casi ártica y busca invertir en puertos, minas y aeropuertos; y desde luego a Rusia, que ha militarizado su costa ártica como si fuera un tablero de guerra permanente. Si Estados Unidos no se afianza en la región, otros lo harán.
Por lo demás, la idea de comprar Groenlandia no es nueva. En 1867, cuando Estados Unidos compró Alaska, ya se pensaba en Groenlandia. En 1946, el presidente Truman ofreció cien millones de dólares en oro a Dinamarca por la isla. Dinamarca dijo no, pero Estados Unidos se quedó de todos modos, de facto, mediante acuerdos militares. Desde entonces, Washington opera bases, radares y sistemas estratégicos en aquel territorio. No es colonia, pero tampoco es neutral. Con sus modos rústicos y hostiles, Trump solo dijo en voz alta lo que durante décadas ha sido una verdad operativa: cero diplomacia, cero cortesía. Pragmatismo y colonialismo del siglo XV seiscientos años después.
La “propuesta” de Trump retumbó en Europa con tono de barbarie, a los daneses les sonó a insulto y en Groenlandia se tomó como intento de exterminio y borrón cultural. Todo puede que sea cierto y válido, pero también lo es el hecho de que hoy, el mundo vive una nueva coyuntura histórica y como pocas veces en el pasado, el planeta vuelve a repartirse en espacios estratégicos y triste y preocupantemente, la humanidad se encuentra al filo del precipicio.
II.
A todo lo anterior hay que agregarle la relación entre Dinamarca y Groenlandia. Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca desde 1979, con autogobierno ampliado en 2009. Controla sus asuntos internos, pero Dinamarca maneja defensa y política exterior. La población inuit -los esquimales- arrastra una historia de colonialismo, desplazamientos forzados y decisiones tomadas desde Copenhague. El interés de Estados Unidos reabre una herida no cerrada: el derecho de un pueblo a decidir su destino frente a potencias que lo ven como ficha estratégica. Groenlandia quiere independencia, pero depende económicamente de Dinamarca. Su dilema es oponerse a pasar de un sometimiento imperialista a otro.
Por otro lado, el panorama mundial se resquebraja cual témpano en el trópico, en tanto que la amenaza sobre Groenlandia contraviene el sentido de la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte, instancia surgida al fin de la Segunda Guerra Mundial como manto protector de los países europeos -Dinamarca incluida- y que encabeza, si, estimados 22 lectores, la nación gobernada por Trump, una confrontación entre aliados en la que Francia a la cabeza, Europa ya anunció el desplazamiento de tropas a Groenlandia para salvaguardarla si, de una eventual ocupación norteamericana, en el paso previo al colapso de la OTAN, lo cual, en efecto dominó, dejaría el paso libre -más- para la consolidación de la invasión rusa a Ucrania y por qué no, el riesgo para Suecia y Finlandia, países que también hacen frontera con Rusia.

Oximoronas 1
Junto a Groenlandia se encuentra Islandia. El significado de ambos nombres no es casual y resulta tremendamente interesante.
Islandia, en inglés Iceland, significa en nórdico antiguo Ísland. Ís significa hielo y land significa tierra. Tierra de hielo. El nombre se atribuye a colonos nórdicos del siglo IX.
Por su parte Greenland viene del nórdico antiguo Grœnland, tierra verde. El nombre se atribuye a Erik el Rojo, que nombró así esa tierra alrededor del año 982 y que no lo hizo con ingenuidad sino como propaganda. Erik quería atraer colonos vikingos provenientes de la Tierra del Hielo y bautizar al sitio promovido como Tierra Verde sonaba fértil, habitable, prometedor. Groenlandia nunca fue verde como el nombre sugiere, salvo en algunas zonas costeras durante breves veranos. El nombre fue una mentira estratégica, marketing medieval.
Oximoronas 2
María Corina Machado obsequia su medalla y diploma Nobel a Donald Trump. Ni hablar, cada quien escoge su camino, por equivocado que sea.